TempErley: Un ascenso que se siente en la piel

El primer ascenso del hockey gasolero se dio en medio de una pandemia mundial. Cuál fue el recorrido para llegar a este día. Cuáles las esperanzas y los obstáculos. La palabra de las protagonistas. El sueño cumplido.

Puede parecer un decir, pero diez años atrás no había ninguna certeza que supusiera alguna posibilidad de mejora. El hockey en el Club Temperley nació con mucha voluntad y después recién, de manera casi natural, comenzó a luchar por sobrevivir. Siempre hubo un grupo de pibas que soñaban con otra cosa, pero eran sueños. Nada más.

Fueron varios los años en los que el deporte se practicaba por mera pasión (que no es poca cosa), ya que formalizar el equipo en una liga llegó mucho después. Años de entrenar en superficies de todo tipo, pasto con piedras o espacios recónditos del club, que sencillamente estaban disponibles. Años de no contar con la plata necesaria para alquilar una cancha que contara con las medidas adecuadas para la competencia. Años de esfuerzo. El sueño estaba intacto.

Después de mucho tiempo llegó la competencia. Perder diez a cero y no presentar la cantidad necesaria de jugadoras era moneda corriente. Llegaron y se fueron técnicos, entrenadores, compañeras. Sin embargo se mantenía latente el deseo de un grupo de pibas, que soñaba y eso era suficiente. Por momentos ganaba la sensación de que ninguna otra realidad podía ser posible, que nada remontaría al deporte, que generalmente presentaba más obstáculos que posibilidades.

Algunas personas acompañaron incansablemente, marcaron un hito y asumieron que el partido no estaba perdido por goleada. Por nombrar… Quien estuvo al mando del plantel superior unos años atrás, Fernando De Oliveira, junto a Damián Acuña; Adrián Faba, fiel admirador gasolero; una comisión de hockey, que planteó una diferencia, Gerardo Maffullo, Claudia Sosa Mayo, Mariano San Pelegrini, entre otrxs. Un entrenador que fue contemporáneo a todas las épocas del hockey, Ricky Steven. Claro que quedan muchxs sin mencionar, pero es evidente que fue la suma de voluntades la que concatenó el resultado colectivo final.

Pandemia de por medio y con un panorama mundial adverso, se trazaría un camino, que ya venía siendo construido anteriormente por algunxs, que habían pasado por el club y aportado algo que, antes desapercibido, pasaba a ser fundamental. La confianza. Eso que tanto se repite sobre la unión de grupo.

Martín Gallo fue el hincha número uno del equipo celeste. No apareció como entrenador de un día para el otro. Usualmente acompañaba al plantel y hasta se animaba a dar devoluciones técnicas o deportivas cuando se acercaba los sábados a ver los partidos. Por lo que se sumó ya con un vínculo constituido y un cierto nivel de conocimiento del grupo. Horas de Zoom, la imposibilidad de encontrarse, charlas, juegos lúdicos, eran algunas de las propuestas en un año que se caracterizaba por una distancia infranqueable.

Fueron exactamente 83 entrenamientos virtuales, y luego regresar a los entrenamientos presenciales, en burbujas, sin siquiera poder pasarle la pelota a una compañera. Bañarse en alcohol en gel, desinfectar las bochas, todo sin la certeza, sin saber cuándo se reanudaría el campeonato. La coordinadora Verónica Chávez y Gabriela Gallo, otra de las fieles colaboradoras de la disciplina, siempre estuvieron ahi. Definitivamente este año sería diferente a los anteriores.

Relatos en primera persona

“Eran tan grandes las ganas de volver a pisar una cancha que cuando en noviembre nos dijeron que podíamos arrancar a correr, mínimamente, pero sin poder pasarnos la bocha, no nos importó, todas estuvimos ahí, unidas, como lo que este equipo representa”, relata la jugadora Camila Payero sobre el tan ansiado encuentro. Sin duda, quedaba claro que eran más fuertes juntas que separadas. 

La capitana Karen Martyniuk recuerda que desde muy chica soñaba con ascender en su club. Es esa zanahoria a la que se persigue. El ascenso no es únicamente para quienes integran el equipo, también es para las más chicas. “Cuando ascendimos estaban todas las chicas de inferiores mirándonos. Esto es para ellas también”.

En tanto, Julieta Delgado, una piba que creció en el club, como tantas otras, remarca que “además de ser jugadora, es hincha de Temperley”, e insiste en que “eso te cuesta el doble”. “Vos sentís la necesidad de dejar todo y más porque es el club de tu vida”, subraya.

Sobre lo alcanzado y el histórico presente que viven, hay un trabajo de años enteros, recorridos infinitos, esquemas varios, llegadas y despedidas de técnicos, equipos e ideas. “Atrás de todo esto hubo un esfuerzo enorme por parte de todo el plantel y el cuerpo técnico. Entrenamos toda la pandemia por Zoom, sacando ideas desde donde ya no las había”, detalla Julieta. “Nos merecemos todo lo que estamos viviendo, por el esfuerzo descomunal que se hace en el día a día de la actividad: por hacer de local en una cancha prestada, por no contar con los espacios requeridos, por entrenar en una cancha de siete y después plantarnos en una de once, por todas los entrenamientos físicos en el pasillo de platea o al lado de la cancha auxiliar”.

Es que Temperley es eso. Es empuje y garra, es tirar para adelante sin tener con qué a veces, y hacerlo igual. Es que un deporte, como el hockey, ascienda, aún con pronósticos adversos, aun sin cancha propia.

“Amamos Temperley, amamos esta camiseta y estos colores ¿Qué fue lo primero que hicimos cuando ascendimos? Fuimos a festejar al club. No hay nada que disfrutemos más. Tenemos un sueño hace mucho tiempo que es tener nuestra propia cancha en nuestro club. Es un sueño grandísimo que creemos que hará la diferencia para este deporte y para todos y todas las socias de esta familia celeste”, concluye Martyniuk.

Entonces se siente en la piel, no se puede sentir en otro lado. Si es desde la vivencia y el amor, si es desde el cuerpo completo, puesto a disposición, por un otro, celeste, siempre celeste. Si es por y para Temperley. Como dijo Camila: “El pecho lleno de orgullo por representar a la familia y a los colores”.

Dolores Emilia San Pelegrini.

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