Una luz cegadora

Era tanta la claridad que el vidrio se empañaba de esa luz del sol que parecía teñirlo todo de dorado. El Celeste de bien Celeste salió al ruedo como el toro erguido sabe que por una tarde el torero no encontrará en su capa ningún ole que lo deje en ganador. Ya había salido Brown de Adrogué a un campo de juego tan verde como dicen es el color de la esperanza de las cosas importantes de la vida.

El tricolor es de historia mucho más contemporánea que otros clubes (3 de marzo de 1945) pero guarda en su génesis los rasgos de dos antiguos grandes del pueblo: el Club Atlético Adrogué de casaca celeste, y del Club Nacional de colores rojo y negro.

Adrogué y Nacional tenían sus canchas una enfrente a la otra sobre la calle Murature. Y ya en el amateurismo eran picantes rivales con Centenario Football Club nombre anterior del Club Atlético Temperley, que jugaba en Turdera y también en lo que hoy es Parque Huergo.

Alguna vez escribí en un artículo evocativo a aquella institución: “Fue el mismo Beranger quién en 1921 y ya jugando el club en divisiones intermedias rechazó una invitación del Club Adrogué para disputar un encuentro debido a la enemistad de los vecindarios, es decir Turdera y Adrogué”. En enero de ese año el club, ya había cambiado su nombre por el actual Club Atlético Temperley, a través de asamblea de socios.

Y en esa mezcla de prehistorias el partido era un laberinto borgeano sin salida aparente.

Es que ese Adrogué lleno de diagonales y ciudad de infancia de Jorge Luis Borges presentaba esa maraña de piernas en un estadio que luce la sombra de un árbol para el remanso de su hinchada. Y ahí, en esas ramas parecía perderse la tarde hasta que todo como en un aleph (“un Aleph es uno de los puntos del espacio que contienen todos los puntos”, según el escritor) pasó en el minuto final.

Y lo perdíamos en el gol de ellos y lo ganamos en la anulación del árbitro por posición adelantada y en una mano penal en el área de Brown. El armenio uruguayo delantero de apellido casi en pronunciación a Karadagián fue un titán y se llenó la boca de un grito que se hundió seco en la historia, en el presente y en el futuro Gasolero.

Aquella sombra ya alargada del árbol proyectó más luz en la tardecita… fue para el local “una luz cegadora… un disparo de nieve” en el calor de la tarde. El relator buscó “la palabra precisa la sonrisa perfecta”. Y gritó tanto que pareció ahogarse en esa felicidad que llenó la tierra y el cielo. Acaso, y sin más, tomo otra palabra de la trova de Silvio Rodríguez: Ojalá…

Federico Gaston Guerra

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