Liviana melodía (La previa de una trasmisión)

El ruido insoportable de la avenida 9 de Julio  de Temperley (casi Turdera) se colaba tanto cada vez que abrían la puerta, que la taza parecía revolverse sola sin necesidad de mover la cuchara. Una banqueta mediana al costado del mostrador de vidrio, de esos como exhibidores, me permitía estar más cómodo en un costadito de la panadería que además vende café y otros parecidos… Pedí un cortado grande y tomé con las manos unos libritos de grasa que estaban en una canastita de mimbre. Ojeé unas revistas de viajes de meses pretéritos y esperé a mí colega comentarista de la radio de El Show de Temperley.

Sonó el celular, lo atendí, era Pepe el relator Celeste que venía para el Beranger y avisaba… A mi lado en una mesita con unas sillas de estilos varios, contra la ventana que da a la avenida, un hombre ya grande con su hija disfrutaba su medialuna y su café con leche como quien saborea el último manjar porque sabe que hasta muy tarde no tendrá nada parecido a una cena o algo así…

Me di vuelta para meter charla porque era temprano. El partido con Ferrocarril Oeste era a las 21 horas y recién eran las 17.30 de una tarde que se haría noche profunda porque había que hacer el programa de los lunes desde las 19 horas y después el plato fuerte de la velada. Un encuentro que parecía de trámite pero que uno sabía que sería de cuidado. Fue 2 a 2 pero eso sucederá después.

En la conversación postrera a esa merienda de panadería, el hombre me contó: “Yo vine al Colegio Belgrano allá por los ’40 y cuando nos portábamos bien nos traían a ver a Temperley”. Aclaró que en ese entonces también se estudiaba los sábados a la tarde y creo inferir que todos los partidos del ascenso se jugaban ese día. “Como Dios manda”, faltó agregar.

Le pregunté si era del barrio y el hombre me dijo que no… “Soy de Adrogué de siempre pero el Celeste (dijo Temperley, bah) es mi cuadro”. Y agregó: “El papá de mi suegro era Lorenzo Arandilla”. -¿El del nombre de la cancha de Brown?, dije mientras una señora preguntaba por unos panes con grasa que ya no quedaban.

“Sí”, dijo seco, “y te digo más, mi suegro también se llamaba Lorenzo Arandilla”. También me dio un segundo nombre de su suegro pero el ruido grande que llegaba de la 9 de Julio tapó todo intento de escucha prolija. “Pero yo soy de Temperley”, me aclaró por si hacía falta.

Estaba pendiente de sacar su entrada, se quejó un poco por su valor. Pagó lo suyo y se fue con su hija. Era temprano pero me pareció que tenía ganas de abrazar a su club y recorrer esos pasos de alumno secundario que lo atraparon por siempre a los colores Celestes.

Entró Carlos Algeri con alguna humorada desde la puerta. Yo respondí la de siempre de mi parte: “Mirá que no pagué nada y cargué todo a todo a tu cuenta”. Esas pavadas que apenas causan una mueca por el sólo hecho de repetirla siempre…

Se sentó con su taza y conté la anécdota al pasar… Hablamos del partido, de la transmisión, de la tarde que estaba pintada… Carlos, como quien escribe una obra de teatro, recordó una historia tan mínima como grande de la escritura de una de sus novelas… Y la puerta se cerró a una previa a la previa del partido por la radio…

Pienso que ya me tocará entrar a un café y decirle al parroquiano que allá por 2019 trasmitía fútbol con un gran grupo de compañeros. Que no iba al colegio los sábados y que conocí a un hombre familiar de un fundador de un estadio… Aunque si es casi otoño como estos días la brisa más débil se llevará en una hoja mi liviana melodía…

Federico Guerra

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