Hay amores que matan, pero el tuyo me hace vivir…

Si te corre sangre celeste por las venas, no podés dejar de leer esta nota de Agustín Acevedo, con anécdota personal pero con mucho sentimiento por lo que nos generó el Barrio en Primera.

Una foto, mil emociones. Esa victoria frente a Talleres de Córdoba no fue un partido más. Como siempre, esperé toda la semana a que llegue el día del partido, que en este caso fue un sábado. En la semana previa, hablando con mi compañero Iván (de tantas aventuras con el Cele), sabíamos que se nos venía un rival muy duro. El jueves a la noche, tuve una ruptura amorosa que hizo que me vaya a dormir muy triste. En la madrugada del viernes me desperté por la sirena de los bomberos, no le dí importancia e intenté seguir durmiendo, pero no pude. Me levanté para ir al tomar un vaso de agua y ví un movimiento de gente en la casa del frente, en la casa de Iván.

Cuando salí a averiguar qué había pasado, me encontré con la noticia de que mi amigo tuvo un accidente con el auto y falleció. El mundo se derrumbó para mí. Fue un viernes totalmente en estado de shock. Velatorio en esa misma noche y entierro en la mañana del sábado, el día del partido, que no tenía pensado ir para quedarme con los míos.

Toda la triste ceremonia concluyó alrededor de las 15 hs. una hora antes de que Temperley salga a la cancha esa tarde de sábado. Carnet de socio en mano, abono anual listo, dos días sin dormir y la tristeza de no ir con él, como siempre. A pesar de todo eso: partí rumbo al Beranger. Primero Guevgeozián y luego Chimino de penal. Entre lágrimas miré al cielo para abrazarme con él y festejar ese triunfo.

Mirando la foto, puedo analizar el paso de Temperley por Primera División. Primero observo a Chimino y Mancinelli en un abrazo eterno flotando en el aire. ¿Cuántas veces nos abrazamos con los nuestros y sentir por un momento que estábamos en lo más alto viendo un triunfo de nuestro equipo? Como aquel día de los enamorados que volvimos a Primera y Dinenno pateó ese tiro libre, que puso la pelota al lado del palo (en tiempo adicionado), contra los vecinos de Banfield.

Siguiendo con la foto, veo la cabeza gacha del rival. ¿Cuántos rivales nos subestimaron? Y terminamos amargándole el día, la semana. Por último me quiero quedar con esas dos generaciones festejando en el alambrado. Esa señora y ese señor que seguramente ya lo habían visto a Temperley en Primera. Ese nene que por ahí no entiende mucho todavía pero él estaba viendo al Gasolero, rendidor a bajo precio, en la élite del fútbol argentino.

No sé cuando vamos a volver a vivir algo así, si dentro de un año o dentro de diez. Mi deseo es que ninguna generación más se pierda de poder disfrutar esto. Porque yo me crié con un Temperley en esa maldita categoría de la B Metropolitana, escuchando las historias de aquellos hinchas que me duplicaban en edad. Que me cuenten de aquel tren que fue a Junín, de aquella noche de los penales interminables en cancha de Huracán.

Yo no quiero ser un señor de 40 o 50 años y contarles a los más jóvenes que estuve en esa noche fría de domingo del gol agónico de Ariel Rojas, que me quedé festejando en la madrugada del lunes después de los penales contra Platense. No quiero contarles que en una semana sorprendimos a San Lorenzo en su cancha y bailamos a Racing en Turdera. O tal vez sí quiero contarles, pero con nuevas hazañas que ellos hayan podido vivir.

Quiero volver a viajar en primera clase y ya sé que no es nada fácil, pero hoy ya no somos el mismo Temperley de siempre. Les demostramos a todos que somos una institución de Primera, pero deportivamente el descenso en este torneo fue justo. Un día llegó un tal Ricardo Rezza y nos dijo que “Siempre se puede más”. Con ese pensamiento hay que levantarse todos los días. Para que el barrio vuelva a ser de Primera, depende de todos: Socios, dirigentes, cuerpo técnico, jugadores e hinchas.

Mi amigo Iván y yo cumplimos nuestro sueño de ver a Temperley en lo más alto del fútbol argentino, al igual que una generación entera. Para cerrar, les comparto unas palabras de Federico Gastón Guerra que describen a la perfección mi sentir en este momento: “No todo es cuestión de fe, amigos. También es actitud. Suerte. Picardía y saber cuidar lo que se tiene. No se trata de ahorrar y esperar que la vida pase. Se trata de invertir y apostar a ganador. Se trata de saber que si la vida te da esa oportunidad y uno se queda sentado el tren, como aquel que fue a Junín en 1974, se va. Y se va a ir si sólo tenemos la Fe de tomarlo pero no sacamos boleto ni caminamos a su encuentro”.

Soy de los que creen que los sueños no se cumplen, si no que se construyen. No dejemos que se derrumbe todo lo construido. Recuperemos esa mística que nos llevó a lo más alto y construyamos todos juntos el sueño de volver a ser ese club de barrio con ganas de comerse al mundo.

Agustín Acevedo

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