¡El grito sagrado!

Esperar la revista El Gráfico los martes era de esos placeres que sólo los que vivimos ese ritual podemos recordar. Mi papá me la compraba porque se lo recordaba cada lunes. Ya de adolescente juntaba monedas (eso que ya parece archivado en el recuerdo del ahorro postal del correo) y salía a comprarla. A veces era inhallable y como un incunable (de esos libros que se editaban mucho antes de la invención de la imprenta) el diarero mostraba ese trofeo conseguido por otro colega que a su vez la traía de más lejos. Y ni hablar de los números especiales o extraordinarios. Claro que el querido Celeste ni andaba por esas páginas en tiempos de mi juventud secundaria. Justo por esos 90 que mejor, en una suerte de by pass de la memoria, evadir en esta crónica.

Una de las secciones que todos leíamos era esa del Rum Rum del deporte. Allí los periodistas de la revista contaban en enigmas esas perlas prohibidas que luego andaban de oreja en oreja en Orales Deportivas o Competencias de la radio. Había de todo allí. Pero siempre en abstracto…

Luego del partido con Arsenal en Sarandí escuchamos muchas cosas dignas de esas carillas de papel brillante de aquellas ediciones que casi siempre se las ingeniaba para poner a los clubes grandes en sus tapas…

Este domingo fue una mezcla de llovizna cruda del casi invierno y un sol digno de marzo ya en la tarde plena del Beranger que lució colmado para ver al equipo de la A. Es que los hinchas somos así. Vamos y alentamos. Jugamos nuestro partido en la cancha de los sentimientos con las tribunas del corazón. Nuestras almas vuelan como esos papelitos Celestes que flotan suaves hasta hacerse caricia con el verde césped.

Salió nuestro team (diría aquel columnista brillante que fue Borocotó). Y todo quedó atrás. Aquella derrota y aquellas leyendas tan urbanas como futboleras. Los puños fueron a velocidad de pasión al son del Tem Per ley. Un coro Gasolero que jamás desafina. El marco hizo honor al cuadro que demostró saber de qué se trataba el partido.

Fueron tres goles certeros que como estocadas dejaron herido a Colón luego de su derrotero interminable de triunfos e invicto. Pero nosotros no queremos colonizadores por nuestros pagos. En casa mandamos nosotros y lo hicimos saber. Lejos, como en punto de fuga, fue quedando el enojo por anteriores juegos y todos volvimos a derramar tanto aliento como sea posible.

Bebimos mucho del néctar de cada tanto convertido en versiones distintas y punzantes. Nuestros jugadores fueron pequeñas abejas que produjeron la más exquisita de las mieles. Y quedamos con ganas de seguir en esta línea del buen pie. Un triunfo que seguro tampoco sería tapa de aquel El Gráfico de mis 15 años pero que ocuparía una nota de doble página y con la boca llena de Gol cada uno de nosotros bajo el título: El Grito Sagrado.

Por Federico Gastón Guerra

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