Algunas noches el cielo puede ser Celeste

Arrancá la semana haciendo un alto en las líneas de nuestro columnista Federico Guerra que nos propone un paseo entre el disfrute del viernes por  la noche en el Pedro Bidegain y aquella proeza de 1976 con el gol de Mariano Biondi. Pasá, ponete cómodo y disfrutá de este momento del Gasolero.

Ver. Vivir. Sentir. Un partido por la televisión tiene un sabor muy distinto al estar en casa, en la platea del Alfredo Beranger: adrenalina de la caminata y pasos que dejan huella de sentimientos encontrados cada vez que la procesión empieza muy temprano con mi papá desde Turdera. Pantalla mediante se sufre más. Se está más lejos. Pero ahí ponemos la silla, el mate si corresponde y casi siempre la radio. Ritual que no fue excepción en este triunfazo frente a San Lorenzo en su casa del nuevo gasómetro.

Por esas vueltas de la vida de mi profesión hace ya algunos años me tocó ser parte del equipo que ayudó a escribir un gran libro del periodista Enrique Escande -quien nos dejó hace unos años- que se llamó Memorias de Viejo Gasómetro. De tantos datos recuerdo uno que me llamó la atención: el gol de Mariano Biondi en ese estadio de Boedo para que en 1976 ganemos por 1 a 0. Los diarios titularon: El Santo la vio Celeste. Por el tiempo que trabajaba en esa investigación ese tanto parecía lejano e irrepetible…

Lo del viernes por la noche fue acortar las distancias con la historia. Fue dejarnos otra vez a los besos con lo mejor de nosotros: la grandeza de una camiseta que sabe de sufrir y de llorar entre alegrías y pequeños milagros. Aún me veo agarrándome la cabeza en el gol de Di Lorenzo como no entendiendo que en ese instante ya era parte de los mejores momentos de la vida de un hincha de Temperley.

Grité fuerte y miré el cielo. Me acordé que en la semana la biblioteca entre mis amigos se dividía entre: lo merecimos con Rosario Central y siempre nos pasa lo mismo de quedarnos en la puerta de entrada, y entre aquellos que decían que aquello había sido en términos de Jorge Luis Borges: “Una derrota que tuvo más dignidad que una victoria” (gracias Carlos Algeri por recordarlo).

Y así fue como el Ciclón tuvo torbellinos en el segundo tiempo que encontraron una contención en un gran arquero, Matías Ibáñez, con quien me enojé en muchos otros partidos… Tal vez los tiempos del simpatizante necesitado distorsiona, a veces, el espacio y el paso de los minutos. Y en eso nos enojamos con nuestros jugadores una y otra vez. Pero anoche fue el hombre que paró el viento en el Bajo Flores.

Los minutos finales fueron de puño cerrado. La cocina quedaba chica. El café se calentaba y enfriaba indistintamente como excusa para que ese reloj corriera en otra dimensión. El relator de la radio ya no tenía voz. La televisión como casi siempre hacía fuerza para que el todopoderoso empatara de una vez y vaya por la heroica en la última bola. Todo pasó como en un sueño… Ese puñado de camisetas envueltas en abrazos en la mitad de la cancha saltando desató una catarata de mensajes en el grupo de amigos que estuvieron en silencio esperando que la angustia troque en felicidad que cosquillea el alma.

Mi papá Carlos en su texto de casi medianoche me envió una camiseta en la que sobresalía un escudo grande que rezaba: Porque siempre vamos a estar enamorados de verdad.  Y entre lágrimas de todo tipo me fui hundiendo en la soledad de una noche con cielo Celeste…

 

Federico Gastón Guerra

 

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