Esta pasión no quiebra

Te invitamos a disfrutar de la columna de Federico Guerra. Un recreo de recuerdos, versos y emociones que enlazan aquella vuelta en 1993 con el triunfo conseguido anoche ante Vélez Sarsfield, en el Beranger, donde el «Cele» jugó con una camiseta conmemorativa. Pasá, subite a este avión que no te vas a arrepentir.

Empecé a imaginar esta columna el viernes por la mañana. Muy temprano volvía a casa en un avión que se movía como si uno fuera una pelota en un centro donde los 22 protagonistas están en el área chica. Así fue desde que despegó hasta que aterrizó en la lluvia gris de Buenos Aires. Y ahí, en ese momento en el cual ya cerrar los ojos es una tarea fatigosa, pensé que a la noche jugábamos con Vélez Sarfield. Y además que hacía 22 años que volvíamos del ostracismo y 10 que inaugurábamos las luces que hoy iluminan nuestro camino grande en Primera A.

El avión era justo el medio entre un sol fulgurante que iluminaba el mundo y unas nubes intensas que apenas veía debajo como si fueran un viejo colchón de lana con todo su contenido saliendo por entre sus telas desvencijadas. Y se movía. Turbulencias, que le dicen con desparpajo los pilotos que pilotean la nave. Por esa misma turbulencia, aunque con los pozos del aire del sentimiento, pasó el querido Temperley en sus años contemporáneos. Esos que te hacen caer hasta casi no sentir nada y, de golpe, ascender como si un resorte te hubiera impulsado hasta rozar a febo.

Recordaba en este viaje una nota en la escribí, hace no tanto, unos párrafos tomados de un artículo de una revista partidaria que evocaba aquel 1991 del frío eterno que pudo ser dejar de jugar. “Nos juntamos unos 40 en el gimnasio para ver cómo seguía. Habíamos perdido 3 a 0 con Los Andes y nos cerraron el club”, evocaba un dirigente de varios que recordaban aquel averno. Junto a ese momento también se sumaron como papelitos que inundaban el césped del glorioso todos los esfuerzos que se hicieron para salir de ese agujero de tumba que fue tener una franja con aviso de remate y un banco con las solicitudes en periódicos de “se rematan cómodas instalaciones…”

Una vez más me acordé de un partido con San Miguel que fui con mi mamá y mi papá y que ganamos 1 a 0 en aquel 1991 en Primera B cuando eso era algo más que un milagro. Pensé que si esa comisión de apoyo creada ad hoc no hipotecaba hasta sus propias casas (lo contaba en aquella nota Edith Pecorelli) ese lejano 24 de julio de 1993 –tras dos años, tres meses y once días de persianas bajas– no hubiera sido la segunda fundación de Temperley. Y hoy no habría lugar para el sufrimiento futbolero en esa pelota que caprichosa besa el palo, roza el ángulo o se escabulle en alguna pierna entre la media y el botín del defensor…

Miré el ala que parecía cortar las nubes para abrirse paso y aterrizar en aeroparque. Bajé con una lluvia fría y fui a esperar la valija. A la noche jugamos con Vélez. Y salimos con aquella camiseta bendecida por ese Gol de Walter Céspedes a Tristán Suárez el día del 1 a 0 en la C en 1993.

Ver que Sambueza hacía el segundo para darlo vuelta con esa misma casaca me llenó de lágrimas y me quebré. Porque ya pasaron 22 años que recuperamos al club; porque ahora sé, lo juro que lo sé, que mi querido Gasolero podrá tener turbulencias en el viaje pero nunca más verá fajas del Banco Municipal de La Plata ni pintadas que digan: Temperley No Quiebra. Porque no lo necesitará… Porque ya curó sus heridas y ya Juramos con Gloria Morir.

Federico Gastón Guerra 

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