Carta de un socio a Ricardo Rezza, con todo respeto…

Por Federico Gastón Guerra

Como si tomáramos un café entre amigos que se conocen desde hace algún tiempo me atrevo a escribirte. Creo oportuno contarte que me llamo Federico Gastón Guerra, soy socio de Temperley y sufro y me alegro en cada presentación de ese pedacito de cielo en el estadio Alfredo Beranger. Vamos con mi viejo a la platea de siempre desde hace mucho. Y cerramos el puño en cada gol de esos que por ser del Celeste son siempre el mejor gol de la fecha.

 
Pero llamemos al mozo. Tomemos un cortado: ¿querés en jarrito o chico? Yo pago. La primera y la segunda vuelta. Te cuento que anoche al terminar el partido con Tristán Suárez en nuestra cancha quedé tristón y no es juego de palabras. No se puede hacer un gol a los 12 minutos del primer tiempo y aguantar todo el resto. Sé que fue cruel que nos empaten y nos ganen en el descuento. Pero no había otro camino. Era clarito que se venían. Y aún más si les dejábamos todo a disposición: pelota, actitud y terreno.
 
Sé que es anécdota ese partido pero te pido que la próxima si es que nos toca perder sea con dignidad deportiva. Digo. Que si los rivales nos hacen más goles que los que le hacemos nosotros sea por culpa del juego pero no por hacer huelga de fútbol.
Ya sé, pienso, soy irrespetuoso. Ojalá no te enojes. Llega el café y ese aroma invita a que te cuente algo de lo que somos. Por ahí no hubo tiempo que te lo digan antes. Se vive tan rápido… Aunque no quiero enumerar sólo años y logros. Porque el Club Atlético Temperley es mucho más que sólo eso. El Gasolero, así nos decimos, es una hinchada maravillosa que se banca todo: hasta quiebras inescrupulosas que en la década del 90 nos dejaron un paso más allá del abismo y nos mandaron al averno de la C. Allí jugamos en canchas inefables y capeamos la tormenta.
 
Somos alegrías indescriptibles en ese 6 a 0 a Los Andes en el Gallardón de Lomas de Zamora un 22 de octubre de 1966. Ahí jugaban unos tales Valentukonis y Alejo Escos. El diario LA NACION sintetizó: “Brillantes atributos de Escos, profundidad de Valentukonis. Total justificación en el rotundo score”. Y por esos años los jugadores andaban en tren.
 
En un sorbo se vació tu pocillo y el mío. – ¿Pido otra vuelta?, te pregunto. Creo que no me llegás a responder e igual llamo al mozo. Te contaba de esas hazañas y de esas penas. No quiero olvidar la caravana en tren a Junín para empatar 1 a 1 con Unión de Santa Fe y ascender a la A en 1974. Fue una formación especial para un recorrido que no es habitual en el ferrocarril. Y después esos penales con Atlanta que mi papá me cuenta como en un sueño que nos llevaron a la A en 1983. Ya en el círculo superior alcanzamos las semifinales del Campeonato Nacional. Yo tenía 4 años y no me acuerdo. Pero mi viejo me lo hace vivir en su relato.
 
Pero además el Celeste lleva en su piel vestigios de aquellos primero colores verdes y rojos de esos inicios por los field de Campo Huergo y el corazón de la por entonces Villa Turdera, detrás de un mítico teatro llamado Colón. Y tiene asambleas de purretes de 1912 que pelaron por hacer de su equipo de adolescencia una institución.
 
Temperley es la sonrisa de mi papá en cada salida del equipo a representarnos de local o visitante. Es una espera prolongada para jugar un clásico. Es la amargura de toda una semana o todo un campeonato que nos dejó relegado. Es esa angustia de saber que somos de una categoría más grande y penamos en algunas canchas. De saber que hace años no jugamos en primera.
 
Se enfrió el segundo café y no lo probamos. Ni azúcar le pusimos. Pero veo que estás con el tiempo justo. Que tenés que ir a entrenar. Y qué mejor. No quiero hacerte perder más tiempo. Ni quiero ser soberbio. Sólo quería contarte que todos esos logros se construyeron con un equipo que hizo un gol y fue a buscar el siguiente. Pero no te enojes. Es más voy a hacer el primero en gritar que de tu mano la vuelta vamos a dar si todo cambia. ¿Se lo podrás transmitir a los jugadores profesionales que también voy a alentar por ellos si dejan todo en la cancha?
 
Te doy la mano. Te deseo suerte. Me acomodo mi gorrito y veo que te vas camino al estadio. Seguro que ahí habrá ecos del gol de Céspedes en la vuelta justo con Tristán Suárez en 1993 luego de la quiebra. Aún tengo la Sólo Fútbol en mi casa. Me voy como más aliviado a decirles a mis pequeños, Ramiro Gastón y Emma Celeste, que le conté a Ricardo Rezza qué es Temperley. Por ahí tomás nota. Creo que lo sabré en el próximo partido con Colegiales. Y será fácil darse cuenta si es que me escuchaste.

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