Los Reyes Magos… de la radio

Ese receptor chiquito y naranja fue para mí la radio. Era de carcaza de plástico y dial redondo como una spica de esas forradas en cuero. Llevaba dos pilas de las chiquitas de antes cuando solo había chicas, medianas o grandes. Y un parlantito negro que vibraba cuando el volumen apenas pasaba de la mitad. Ese fue el juguete que más recuerdo de la época en que los Reyes Magos nos bendecían con su aparición la noche del 6 de enero. 

Fue en la casa de mi abuela que esa joya me despertó muy temprano hace más de 30 años. Mi amor por la radio viene de entonces o de más atrás cuando se lo esperaba a Dolina y su por entonces Demasiado Tarde para lágrimas hasta la medianoche en aquellos tiempos de Radio Rivadavia de  Larrea, Carrizo, Colombo y la Oral Deportiva Edmundo Campagnale. Y todo cabía ahí como un aleph sonoro digno del propio Borges y su cuento que ya es una figura literaria.  

Por las noches dormía con ella debajo de la almohada y me llevaba a los sueños de tener siempre cerca un micrófono para relatar, comentar, hablar y seguir hablando. Trocitos de niñez que van formando el todo de la vida misma. Daría la misma recompensa que Silvio Rodríguez en busca de su unicornio azul por recuperar ese viejo aparato que ya debe ser un sinfín de pedacitos repartidos por los rincones de la nostalgia.  

La tengo presente porque siempre quise, y a veces pude, estar en la radio pero del otro lado. Convertirme en ese hombre chiquito que se mete en los receptores y que es la voz que lo invade todo por un instante. Ser de aquellos que me traían las emociones de los goles: Víctor Hugo de la selección, Jorge Bullrich del ascenso, y tantos relatores que me dejaron inmóvil en ese segundo que aceleraban su decir porque el peligro estaba en la puerta del área de Temperley.  

Hasta recuerdo esos instantes precisos en que la radio sonaba fuerte en el lavadero de casa mientras se hacían cosas varias, aquellos fines de semana cuando todos los partidos se jugaban a la vez y las emociones se multiplicaban como esos gritos que desbordaban el dial desde cada estadio.  

Todo se imaginaba. Creíamos que estábamos donde no estábamos. Ahí en medio de tantas pasiones juntas que nos desafiaban a no movernos por horas de ese lugar. Un lugar en el que cabían todos los lugares. No hay fútbol sin radio, señores. No se puede prescindir de un elemento tan sonoro y mágico porque se haya creado Internet. No se puede. No se debe. 

Por eso estoy seguro que no se me pudo haber perdido aquel receptor naranja que me llegó una madrugada en un camello. Sin dudas no se extravió. Juro que debe estar en alguna estrella o en cielo Celeste al ritmo de este Show de Temperley. Y les digo más, mi abuela debe estar haciendo una mueca porque ese parlantito negro debe estar vibrando ahora con nuestras voces, en cada programa y en cada trasmisión. 

Federico Gastón Guerra 

Comentarios