No habrá ninguno igual, no habrá ninguno

El sentido homenaje al más grande de todos los tiempos, Diego Armando Maradona, con la mirada de Federico Guerra.


La silla de cuerina lustrada de la cocina se fue corriendo a la velocidad que Diego dejaba en el camino a una pila de ingleses en la televisión del living de la casa de Turdera. Hasta que una explosión de mi tío Juan Carlos llenó de GOL para siempre ese recuerdo de mis 7 años.

Solo tengo ese instante de aquel partido. Y Víctor Hugo gritando en la radio. Y yo veía todo eso desde un costado de la mesa. Eso es Maradona para mí. Por esas vueltas de la memoria cada vez que el 10 aparecía esa era la foto que me llegaba. ¿Cómo puede ser posible que aquel “barrilete cósmico” sea hoy noticia porque murió? No. Está ahí para siempre. En mi película para siempre y en la de cada uno…

Escribo estas líneas de un tirón sin mirar las noticias, sin leer nada, sin ponerme a hacer historia con fechas. Hace muy poquito tipié un artículo para El Show donde contaba la única vez que el “inventor de la pelota” (dice siempre Alejandro Apo) pisó el Alfredo Beranger con su Argentinos Juniors enfrentando a nuestro amado Temperley allá en sus inicios como futbolista profesional.

Voy lento en el teclado, voy capeando gotas y sin creer que debo usar el pasado. Nada alcanza para abrazarnos el cuerpo a los que sentimos el futbol: los que miramos el ascenso y aquellos que saben todo de las ligas europeas. Creo que la pelota debería dejar de ser redonda porque ya nadie sabrá manejarla… El corazón manda y ordena estas letras desordenadas que son mi refugio junto a un café cargado.

Todos tenemos un pedazo de Maradona en algún lugar de nuestras alegrías de fútbol total… Y ahora la soledad que nos visita nos aferra como una sombra en una noche con apenas luna contra un paredón de cualquier cancha de futbol.

Nada alcanza. Esta carilla humildísima no es más que mi propia emoción a flor de hoja y palabras. Todos tendrán algo para decir, una anécdota que contar, una historia que resaltar. Yo no. Nunca tuve nada cercano a Diego. Y como habitante de este mundo me sentí tan a su lado como tantos.

Él jamás supo que de chico chico me levantaba a mirar vía satélite por Canal 9 los partidos del Nápoli, que nunca me sumé a tanto bla bla bla sobre su persona, que siempre ponderé su juego, que me sentí orgulloso de aquella tarde en el living de casa sentado en la silla de cuerina viendo sus pinceladas.

No tengo consuelo. Tengo mucha agua en los ojos, tengo tristeza de hincha y de periodista, tengo un espacio para expresarlo, tengo un tatuaje en el alma, debajo de la casaca de Temperley, que nunca se va a borrar con una única frase, que como mantra repetiré al infinito: “Gracias Diego”.

Ya subió a los cielos… ya estará sentado Dios con él, todopoderoso de todos los tiempos de la pelota…

Federico Gastón Guerra

Comentarios