Un café con Eduardo Galeano

Hace cinco años nos dejó el escritor y periodista uruguayo quien nos enseñó que “la utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. ¿Entonces para qué sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar.”

Por Federico Gastón Guerra

A El Fútbol a Sol y Sombra, regalo de mi papá, lo leí de un tirón en la adolescencia. Un libro fundamental de Eduardo Galeano que une textos brillantes mezcla de reflexiones y verdades de este deporte que nos apasiona: “Rara vez el hincha dice: ‘Hoy juega mi club’. Más bien dice: ‘Hoy jugamos nosotros’. (…) Cuando el partido concluye, el hincha, que no se ha movido de la tribuna, celebra su victoria: ‘Qué goleada les hicimos, qué paliza les dimos’. O llora su derrota: ‘Otra vez nos estafaron, juez ladrón’. Y entonces el sol se va y el hincha se va…”.

También Galeano me hizo aprender sobre las Venas Abiertas de América Latina y caminar por las entrañas en llagas de nuestro continente.  Era un curioso periodista que ya en los años ’60 pertenecía a la redacción de Marcha, luego fue director de otras dos grandes publicaciones: Brecha y Crisis. Escribió cerca de 50 libros y recibió muchísimos premios. Sus ideas nacían casi siempre desde la misma mesa en el Café Brasilero de Montevideo, un bar fundado en 1877: “Soy hijo de los cafés. Todo lo que sé se lo debo a ellos. Sobre todo el arte de narrar”, exageraba en algunas entrevistas.

Eduardo nació en Montevideo el 3 de septiembre de 1940 y nos dejó el 13 de abril de 2015. Su pasión por el fútbol era única: «El fútbol es la única religión que no tiene ateos», decía. En una entrevista en la Revista LA NACION destacó: “Lo que pasa que el fútbol da alegrías, no creas. Y da placer. Bien jugado, da placer”.

Siempre vuelvo a sus crónicas o frases futboleras al hacer mis artículos o preparar comentarios futboleros para El Show de Temperley. Y lo recuerdo en cada jornada de esas en las que como él ando libretita en mano anotando todo en unas hojas sin renglones y una birome azul o negra por los estadios o en el estudio de radio. “Eduardo sacaba una libretita de la bolsa de su chaqueta y tomaba nota. Supuse que de allí salían sus libros y relatos. También me percate que dibujaba figuras en las servilletas para expresar ideas y conceptos (…)”,detalló el periodista Jaime Ordóñez.

Una anécdota chiquita y muy personal me enlaza a este gran escritor de todos los tiempos. Hace muchos años escribí junto a Pablo Sonzini un libro muy emotivo sobre la historia de la ciudad de Lobos a partir de los pasos firmes de una familia de relojeros y maestros. La contratapa de ese trabajo estaba reservada para un texto de Galeano pero por tiempos de imprenta no llegamos al objetivo. No obstante en el interior de Pasatiempo (la obra escrita por nosotros) dejamos una historia lindísimas que nos dejara para siempre el genial narrador uruguayo.

“Pola Bonilla modelaba barros y niños. Ella era ceramista de buena mano y maestra de escuela en los campos de Maldonado; y en los veranos ofrecía a los turistas sus cacharros y chocolate con churros. Pola adoptó a un negrito nacido en la pobreza, de los muchos que llegan al mundo sin un pan bajo el brazo, y lo crió como hijo. Cuando ella murió, él ya era hombre crecido y con oficio. Entonces los parientes de Pola le dijeron: —Entra en la casa y llévate lo que quieras. Él salió con la foto de ella bajo el brazo y se perdió en el camino”,Ventana sobre la herencia, del libro Las palabras andantes de Eduardo Galeano. ¡Maestro!

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